El taxista resopla, en el aburrimiento de su acotado universo de cuatro puertas, un volante y un reloj. No es problema mío que sus existencia sea pobre, es asunto suyo por más que resople todo el viaje.
El aire acondicionado hace grato el viaje, afuera el martillo del sol cae sobre todos.
Suena "
Uptown girl", de Billy Joel, gran canción, pero el taxista resoplón baja el volumen de la radio, es alérgico a la belleza.
Resopla otra vez, ¿de qué se queja? Si pudiera ponerlo en palabras, ¿qué diría? Sería interesante escucharlo, llegar al núcleo de su fastidio, pero por sobre todas las cosas, que
él llegara al núcleo de su fastidio. Está infeliz, descontento con la vida. Se enoja con otros conductores, resopla otra vez, se pelea con la existencia.
Thánatos a pleno.

Toca bocina, aunque físicamente sea imposible avanzar porque hay otros autos delante del suyo.
La mirada perdida entre la calle y la nada, y dentro de su cabeza hierve un caldo de enojo, resentimiento y frustración.
Se acoda en el respaldo del asiento del acompañante. ¿Cómo seguirá la vida de este hombre cuando me baje?
Una amiga me dijo, una vez, que el miedo es como una mesa. O te escondés abajo y te perdés las cosas buenas o te parás arriba y ves todo mejor...
Esa amiga me cambió la vida!